Adentrándome a los deportes acuáticos

Mi padre, como aficionado o apóstol de Tiger Woods, siempre me imaginó usando zapatos de golf para niño, usando palos pequeños y golpeando la pelota con todas mis fuerzas para hacer un hoyo en uno. Pero el golf nunca llamó mi atención, era demasiado aburrido. Mi madre, por su parte, como toda una aficionada del futbol, quería que me metiera al deporte más amado por los mexicanos, el pambol. Pero era, y lo sigo siendo, un niño muy extraño, no me gustaban los deportes que la mayoría de los niños suelen disfrutar a temprana edad. Yo me la pasaba leyendo o jugando con mis juguetes, no me interesaba practicar algún deporte, pero mis padres me insistían en que debía realizar alguna actividad física para evitar el sobrepeso, prevenir enfermedades, quitarme el estrés, etc. Cada que íbamos a la playa o a un balneario, me la pasaba sumergido en la alberca o en el mar, me encantaba estar como pez en el agua, así que le dije a mis papás que me metieran a natación. Me divertía yendo a nadar, pero era más un hobbie, no lo veía como algo para convertirme en profesional, además de que era demasiado lento a comparación de la mayoría de los niños y adolescentes que asistían.

Después de unos meses nadando, descubrí que en el deportivo al que iba tenían una fosa de clavados y un gimnasio con albercas de espuma, trampolines y tomblings. A veces me escabullía al gimansio y brincaba y brincaba. Me aventaba a la alberca de espuma hasta hundirme. Otras veces me iba a la fosa de clavados y me lanzaba desde los trampolines de tres metros, pero siempre quería subirme al de 10; sin embargo, no lo hacía porque me daba miedo ser descubierto y que me regañaran y corrieran del deportivo. Un día no pude contenerme las ganas y comencé a subir las escaleras que llevan a la plataforma de diez metros. Estaba temblando de miedo y de emoción. Llegué a lo más altos, me asomé hacia la alberca y retrocedí, no por miedo, sino para tomar impulso y lanzarme. Me aventé parado, pues no quería darme un panzazo. Volví a subir y me lancé de nueva cuenta. La tercera vez que fui a la plataforma, decidí lanzarme de flecha, el resultado fue el que me temía, un panzazo. Salí dolorido de la alberca cuando sentí que una mano me agarró del brazo y me dijo: “Debemos llamar a tus padres”. Era uno de los profesores de clavados que me había cachado.

Llamó a mis padres y me sentó en una oficina junto a ellos. Yo sólo esperaba el momento en el que les diría que me iban a expulsar por meterme donde no debía. “Cachamos a su hijo en la fosa de clavados”, dijo. Mis padres comenzaron a tener rostros de enojo, me voltearon a ver y cuando estaban a punto de regañarme, el instructor los interrumpió. “Sé que fue peligroso que estuviera ahí solo, no lo vimos, pero descubrí que posiblemente su hijo tenga cualidades para ser clavadista. Si me lo permiten quiero entrenarlo”. Y así fue como comencé a practicar clavados, los cuales se me daban con facilidad, y ahora espero la oportunidad para representar a México en una competencia internacional.